
De: Wilmer Machaca
Antes de ayer se publicaron las encuestas de Marcelo Claure, promocionadas como las más completas de la historia, jamás de los jamases se hizo algo así. Según sus datos, tienen un margen de error de solo 1.4% y abarcan las 212 provincias de Bolivia, con 5000 encuestados. Sin embargo, el contexto en el que se realizaron—posterior al carnaval, con varias provincias incomunicadas por derrumbes y colapso de puentes—plantea dudas sobre su representatividad. Si realmente se logró esa cobertura, sería un trabajo encomiable. Pero el problema de fondo sigue siendo la credibilidad y la intencionalidad de estas encuestas.
En 2020, Página Siete difundió encuestas que fueron moldeando la idea de que Carlos Mesa era el único candidato capaz de derrotar al MAS. Se hacían comparaciones similares a las actuales, evaluando quién era el más “apto” electoralmente, con el objetivo de construir la idea del candidato único y el “voto útil”. Sin embargo, los resultados finales demostraron que su proyección era errónea: el porcentaje asignado al MAS terminó siendo el doble de lo estimado. Esto evidenció que el propósito de esas encuestas no era medir tendencias, sino influir en la votación.
Ayer se publicaron los resultados de las primarias organizadas por Los Bunker, las cuales fueron ampliamente criticadas antes y después de la votación. Se denunciaron fallas en el sistema, la posibilidad de duplicar votos y la falta de controles mínimos, como el requisito de carnet de identidad en algunas fases. Además, la plataforma utilizada, Likexpress, es conocida por prácticas cuestionables en la recolección de datos. Sin embargo, si algo puede reconocerse en Los Bunker es que hicieron su proceso transparente, dejando en evidencia sus propias deficiencias en tiempo real.
El caso de Claure es distinto. Aunque critica las encuestas falsas o dudosas difundidas por el evismo—las cuales, paradójicamente, también incluyen detalles técnicos como muestra, margen de error y metodología—¿quién controla la veracidad de sus propios estudios? Más allá de los aspectos técnicos, el problema radica en la credibilidad de quienes patrocinan estas encuestas y en su uso político. ¿No debería el Tribunal Supremo Electoral (TSE) fiscalizar y regular estos estudios para evitar su manipulación?
Claure ha asumido un rol polarizador. Su discurso y presencia en redes sociales buscan el respaldo de un sector radicalizado, al que alimenta con contenido sesgado, incluyendo bulos e insinuaciones de fraude electoral en las próximas elecciones. Es un actor que utiliza encuestas como herramienta de influencia política, del mismo modo en que lo haría un medio afín al MAS, como Kawsachun Coca. En esencia, no hay mucha diferencia.
La estrategia de Claure sigue el mismo esquema que usó Página Siete, aunque de forma más torpe. Quiere monopolizar el discurso de la oposición, desplazando a otros actores. Sus encuestas están diseñadas para reforzar la idea de la unidad en torno al miedo de que el MAS vuelva a ganar. Primero posicionó a Evo Morales como el rival principal, pero, ante las críticas, lo sustituyó por Andrónico Rodríguez.
El verdadero problema de estas encuestas, incluidas aquellas etiquetadas como falsas, es que distorsionan la percepción pública y afectan la legitimidad del proceso democrático. Se crean expectativas basadas en escenarios erróneos, lo que lleva a que ciertos sectores descrean en las elecciones y vean fraude en todo lado. Esta construcción artificial de tendencias termina debilitando la confianza en el sistema electoral.
Si las encuestas seguirán jugando un papel central en la política boliviana, es imprescindible cuestionarlas no solo por su ficha técnica, sino por la intención de quienes las promueven. Sin un control adecuado, seguirán siendo herramientas de manipulación más que reflejos objetivos de la realidad política del país.