
por Daniel Pizarro
El que aquí escribe quisiera contarles un cuento, pero no se la puede.
Un cuento de niños y para niños.
El que aquí escribe quisiera empezar así:
Niños, Santiago es un cementerio.
Y luego decir: abramos las páginas del cementerio.
Pero niños: la muerte no se deja decir.
Pero bueno.
El asunto es: el que aquí escribe tenía trece años. No catorce todavía. Trece. Ya no era lo que se dice un niño, de esto hace más de cuarenta años. Pero tampoco era un adulto. Y no deseaba ser lo segundo, para nada, aunque las circunstancias lo presionaran a madurar a la fuerza.
Cuando oyó lo que oyó, el que aquí escribe se encontraba en la sala de clases del octavo básico, en el segundo piso, y era temprano. Recién pasadas las ocho de la mañana. Y como era uno de los alumnos más altos del curso lo sentaban en la última fila de pupitres, cerca de las ventanas que miraban hacia la avenida Los Leones.
Al oír lo que oyó se había figurado un objeto muy diferente al verdadero causante del estrépito. Una gran plancha metálica que se azotaba de lleno contra el suelo. Algo así.
Pero no. Era un balazo.
Había un profesor baleado a las puertas del colegio. Los alumnos se tiraron al piso de la sala y después de unos segundos vacíos se buscaron con los ojos entre las patas de las mesas y las sillas, y alguno de entre los que formaban esa alfombra de cotonas color crudo y delantales a cuadritos azules y blancos dijo que el profesor baleado era el padre de G, y entonces a G, boca abajo contra el piso, casi pegado al que aquí escribe, le saltaron las lágrimas como si tuviera regaderas en los ojos.
Pero muy pronto se esparció el rumor de los hechos. El profesor herido en la vereda no era el padre de G sino otro profesor que trató de impedir el secuestro y recibió un balazo a quemarropa en el vientre.
Así es, niños: la muerte no se deja decir. Pero vamos a intentarlo de nuevo.
Repitamos: Santiago es un cementerio. Digamos: abrir el libro en la página ochenta y cinco.
Niños: el que aquí escribe no era un adulto ni tampoco quería serlo. Ya se dijo: corre el año del Señor de mil novecientos ochenta y cinco. Es marzo. Y han pasado más cuatro decenios de todo aquello.
A principios de ese mes hubo un terremoto. Y al que aquí escribe —aunque ya no era un niño— lo sorprendió jugando a las tapitas en la casa de un vecino.
Las tapitas. Tomas una tapa de bebida y la forras con un pedazo papel. Pero antes dibujas la camiseta del jugador. Usando una de esas monedas antiguas de un peso trazas primero un círculo en la hoja blanca. Ya tienes decidido el diseño. Luego la pintas. Le pones un nombre al jugador, el que se te ocurra. Y recortas el cuadrado de papel. Haces lo mismo once veces incluyendo al arquero, cuya camiseta debe tener otro color. Si quieres puedes hacer más jugadores y formar una banca de reservas, cosa tuya.
Juegas contra un amigo que ha hecho lo mismo que tú. Juegan como niños aunque ya no lo sean y un terremoto grado siete coma ocho en la escala de Richter esté a punto de interrumpir el juego.
La pelota es un botón. Metálico por un lado, de tela acolchada por el otro. Así debe ser, así lo exigen las reglas del juego.
Te lo tomas muy en serio. Todo está reglamentado.
Pelota y jugadores se deslizan por el piso de madera.
Hasta que sobreviene el terremoto y en el patio de tu amigo el pasto ondula como si fuera un mar encabritado y el perro amarillo corre como un loco y nadie sabe a qué o a quién le está ladrando.
Fue un domingo tres de marzo. Año del Señor: mil novecientos ochenta y cinco.
Veintitantos días después secuestran a la entrada del colegio a un profesor y a un apoderado. Ambos comunistas, dicen los hechos.
Y balean a otro profesor, en el mismo lugar. El que aquí escribe está boca abajo en el piso de la sala.
Esto vino a suceder un día viernes.
Entonces: las clases se suspenden y el que aquí escribe, junto con los demás alumnos que aquí no lo hacen, queda como suspendido a la espera de un desenlace que restituya la normalidad, y el que aquí escribe se repite a sí mismo mientras vuelve a casa antes de hora: no va a pasar nada, los soltarán pronto, ya han hecho lo mismo con otros hombres y mujeres, con otros opositores a la dictadura que han sido secuestrados.
Es que, niños: la muerte no se deja decir.
El que aquí escribe volvió a su casa pensando en un partido de fútbol. Uno que se jugaría al día siguiente y sería la revancha de otro. Ese otro se había jugado el sábado anterior en una parcela con cancha empastada y este se jugaría en una cancha de tierra. Pero esta vez su equipo haría de local porque la cancha se encontraba detrás de su casa, en el lugar donde pocos años antes existió una toma de terreno que fue arrasada por una crecida del río Mapocho y ahora se insinuaba allí el desganado esbozo de un parque.
En ese lugar había una cancha de tierra con arcos de palo y redes de alambre. Y allí se jugaría el partido de fútbol.
Y lo mejor que hacía en la vida, el que aquí escribe, era organizar partidos de fútbol. Por lejos. Tenía un máster o quizás un doctorado en la especialidad.
Las mujeres todavía le daban miedo. Pero el fútbol era su escudo protector.
Lo había visto en Sábados Gigantes: aquellas personas que escondían el pulgar dentro del puño le tenían miedo al mundo. Lo afirmaba en la televisión un argentino obeso de dudosa especialidad, y el que aquí escribe se sintió identificado con ese diagnóstico.
Y así, queridos niños, el que aquí escribe machacó y machacó hasta fraguar un partido de fútbol al día siguiente del secuestro.
Fue el sábado por la tarde. Treinta de marzo del año mil novecientos ochenta y cinco. Año del Señor.
Ese día se jugó un partido de fútbol y, como siempre, el polvo se le pegoteó en las encías y las muelas le rechinaron con la tierra seca que se le metió en la boca. Empezaron ganando con un amague suyo hacia la derecha y un tiro alto, cruzado, al ángulo contrario. Pero luego terminaron perdiendo.
Eso ocurrió en la tarde del sábado, niños.
Entretanto los habían degollado.
Pero la muerte no se deja decir.
El que aquí escribe se enteró por el noticiero de la televisión. Pero de la muerte solo se recuerda por el reflejo en la cara de sus padres. Porque la muerte, ya se sabe.
Esa misma noche hubo una vigilia en el colegio, donde no estuvo.
Las clases se suspendieron durante una semana. O tal vez dos, ya no se acuerda bien.
Algo como la vida también se suspendió a principios de ese otoño. El que aquí escribe andaba suspendido por las calles y las veredas bajo el sol aún tibio, y el tiempo también quiso plegarse a esa suspensión. No quedó nada a lo que echar mano. Salvo suspenderse en el vacío.
A lo mejor, se dice, por esos días iba jugando con el amigo de las tapitas a patear una piedra plana y ovalada desde el paradero de micros hasta la casa, las cuatro cuadras que corrían junto al peladero donde estaba la cancha de tierra. El mismo camino por donde unos meses después se les aproximaría un auto americano a baja velocidad, un hombre bajaría el vidrio del asiento trasero y con una media sonrisa les enseñaría un fusil sobre las piernas.
A lo mejor.
Pero no, lo más seguro es que no fuera así. Pues las clases seguían suspendidas.
Y entretanto: el que aquí escribe escondía el pulgar en el puño.
Y más adelante: algunos compañeros no volvieron nunca más al colegio.
Los hijos del apoderado que degollaron se quedaron; los del profesor degollado se fueron del país.
El que aquí escribe se acuerda de este profesor: una vez hizo un reemplazo de clases y les habló de algo, y fue como si metiera los dedos en un agujero del cielorraso para bajarlo hasta muy cerca de sus cabezas; todo se volvió de repente más denso y pesado, más de adultos y menos de niños.
Dicen los hechos que este profesor y ese apoderado investigaban las confesiones de un desertor de la CNI que podría esclarecer las acciones criminales del Comando Conjunto.
Porque niños: había una vez un Comando Conjunto.
Había una vez una Dicomcar.
Y por supuesto una CNI: páginas setenta y siete a la ochenta y nueve o noventa. Estudiar para mañana.
Niños: el que aquí escribe quisiera contarles un cuento.
Pero le falta imaginación.
¿Quieren saber cómo los mataron? Lo que dicen los expedientes, lo que cuentan los testimonios. Lo que recogen los libros.
Primero.
Primero el corvo “atacameño”, niños. Uno que emplea el Ejército en el norte. Mide cuarenta centímetros, es de doble filo y tiene una medialuna en la punta. Ya se lo pueden imaginar.
Los secuestrados, que son tres, se dirigen hacia Quilicura en dos autos, vendados y esposados.
En el terreno baldío los llevan de a uno hasta un zanjón.
Primero el profesor. Y todo es rápido, dicen los hechos.
Luego el pintor y publicista, que nada tiene que ver con el colegio. Pero que es comunista, dicen los hechos.
Finalmente el apoderado. Que intenta resistirse.
Y entonces se oye un grito, desde el zanjón. Y el que aquí escribe trata de imaginar ese grito, pero no puede. Porque le falta imaginación.
Y el grito se trata de lo siguiente, queridos niños: el agente de turno no pudo degollarlo. No fue capaz. Entonces le enterró el corvo en el vientre. Y volvió demudado. Y otro agente fue a completar la faena. Y este sí lo degolló.
Luego se acabaron los gritos.
Los cuerpos quedaron a unos cincuenta metros de distancia entre sí.
Unos lugareños los encontraron al mediodía siguiente. Treinta de marzo. Ya se dijo. Cuando el que aquí escribe organizaba su partido de fútbol en la cancha de tierra.
Y así.
Se nos acaba el cuento, niños.
Santiago es un cementerio. Pongamos que este podría ser su título.
Pongamos.
Vamos cerrando las páginas del cementerio.
La muerte no se deja decir.
Vamos cerrando los ojos.
Vamos durmiendo, niños.
Apaguemos la luz.
Ya es tarde. Es hora de soñar.
Y son tiempos de paz y olvido.