
por Lorién Gómez e Ismael Seijo
Nos hallamos en un momento histórico marcado por el auge reaccionario a lo largo y ancho del globo. En la actualidad, la ultraderecha gobierna en seis países europeos: Hungría desde 2010, República Checa desde 2021, Italia desde 2022, Finlandia desde 2023, Países Bajos y Croacia desde 2024. En las pasadas elecciones europeas de junio de 2024, las diversas fuerzas que representan a la derecha radical europea, divididas en distintas familias políticas ⸺Patriotas por Europa, Conservadores y Reformistas y Europa de las naciones soberanas⸺, lograron ocupar en torno a un 25% de los escaños del Parlamento Europeo. Asimismo, la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen fue la fuerza más votada con un 34% de los sufragios en la primera vuelta de los comicios legislativos de junio de 2024, aunque sería “derrotada” por el Nuevo Frente Popular en la segunda vuelta. También conocimos en los últimos meses el espectacular auge de AfD en el este del país, logrando ser primera fuerza en Turingia, y segunda en Sajonia y Brandemburgo; lo que se ha ratificado después de las elecciones del 23 de febrero, una vez roto el cordón sanitario de la CDU, el SPD y los liberales, y el crecimiento de AfD hasta ser la tercera fuerza en el Bundestag.
Por su parte, la victoria de Trump, auspiciada por la gran burguesía norteamericana y en especial por la oligarquía de Sillicon Valley, ha sacudido la política mundial. Como estamos viendo, su segundo mandato es cualitativamente más agresivo que el anterior. EEUU avanza aún más decididamente hacia el proteccionismo, con una guerra comercial abierta contra la Unión Europea (UE), Canadá, México y China y con sonoras amenazas de expansión: una posible compra de Groenlandia, anexión de Panamá o la conversión de la Franja de Gaza en un resort privado limpieza étnica mediante. Todo ello deja a la UE en una posición aún más complicada: la tendencia al rearme se está viendo presionada al alza porque Trump no está dispuesto a que EEUU sostenga a sus aliados de la OTAN y, al mismo tiempo, es un socio cada vez menos fiable. En este totum revolutum, la victoria de Trump está dando alas a los partidos de ultraderecha europeos. Reina el caos bajo las estrellas, pero la situación dista de ser excelente.
Como expresó Alain Bihr[1], estos movimientos reaccionarios se basan en tres características recurrentes en su ideología: el fetichismo de la identidad colectiva, que es la idea de que la nación es un hecho natural y sagrado situado por encima de la voluntad de quienes la forman, por lo que debe mantenerse inalterada en sus esencias; la exaltación de la desigualdad como un elemento natural y positivo, en tanto asegura la permanencia de las jerarquías y que los “mejores” gobernarán mientras el resto obedece; y una visión de la vida como un combate, siendo el combate el evento que permite clarificar quién es superior y debe mandar, y quién inferior y debe obedecer.
Sin embargo, la ultraderecha contemporánea no es una repetición del fascismo clásico representado por Mussolini o Hitler. En un sentido amplio, esta puede dividirse entre la derecha radical mainstream, y la extrema derecha, más propia de los grupos neofascistas y neonazis que hacen de la violencia física el núcleo de su acción política, ya sea a través del paramilitarismo o de acciones terroristas. La derecha radical, en cambio, no despliega la violencia desde sus organizaciones ni afirma pretender acabar con los sistemas democráticos ⸺aunque en cierto punto, el fascismo clásico también hacía esta afirmación, sosteniendo que, en realidad, al superar las divisiones sociales mediante la unidad nacional, estaban creando la democracia más completa⸺. Pero esta renuncia a la violencia es más una apuesta táctica que un principio político, tal y como evidencian el asalto al Capitolio en 2021 en EEUU y el asalto a la Plaza de los Tres Poderes en 2023 en Brasil. En determinadas circunstancias, las líneas que separan a la ultraderecha institucional de la callejera se difuminan y la defensa violenta de la nación ante la “amenaza” de sus enemigos se vuelve el objetivo supremo. Decía León Trotsky que el fascismo consistía en extirpar de la sociedad burguesa “todos los embriones de la democracia proletaria”[2], algo que, en el contexto actual, caracterizado por ausencia de un movimiento obrero organizado semejante al de los años treinta, aleja a los movimientos reaccionarios contemporáneos del fascismo. La tarea de la derecha radical, más bien, se encamina hacia la introducción del máximo autoritarismo que las formas liberal-democráticas puedan tolerar, intentando acabar con las semillas mismas para una política emancipatoria. En este sentido, la derecha radical, aunque no es equiparable al fascismo, sí es una actualización del programa reaccionario histórico para el tiempo presente. Una actualización que, llegado el caso, podría volver a adoptar las viejas formas fascistas.
Por eso, frente a las lecturas habituales, no debemos concebir el auge de la ultraderecha como algo externo a las dinámicas actuales de la sociedad capitalista, sino como el efecto de sus crecientes contradicciones internas. Nos hallamos en un contexto de crisis social y de militarización de la vida política, marcado por una clara tendencia hacia la guerra, con un elevado belicismo retórico por parte de las élites europeas y por la cronificación de los conflictos imperialistas en Ucrania y Oriente Medio y del genocidio en Palestina.
En contraste con la narrativa construida en la segunda posguerra mundial y durante la treintena dorada del capitalismo occidental (1945-1975) ⸺cuando el fascismo parecía completamente derrotado⸺ la reacción nunca dejó de ser un elemento persistente en Europa, especialmente en el contexto de la Guerra Fría. Las dictaduras en España y Portugal ⸺y, posteriormente en Grecia con la Dictadura de los Coroneles⸺ resultan los casos más claros. Pero también en los Estados democráticos el fascismo y otros fenómenos reaccionarios continuaron jugando un papel en esta época. En Italia, el Movimiento Social Italiano obtuvo sistemáticamente representación parlamentaria, evidenciando que un sector considerable de la población seguía apoyando el programa de Mussolini. En la Alemania occidental, como en otros Estados, viejos colaboracionistas o cargos fascistas fueron reintegrados en los aparatos de Estado, especialmente para bloquear el avance de las fuerzas comunistas y radicales en el marco de la resistencia partisana. El rol de EEUU y la CIA es, en este aspecto, fundamental. La figura de Otto Skorzeny resulta un ejemplo especialmente crudo de esta permanencia hasta cierto punto subterránea de la ultraderecha en la posguerra.
De todas formas, el avance sostenido de los partidos de derecha radical en Europa, llegando a ser socios de gobierno, cuando no líderes de los mismos, no se produce hasta la entrada del siglo XXI. Este fenómeno se extiende a partir de la crisis económica de 2008 primero, y de la crisis de refugiados de 2015 después, en un momento de crisis orgánica del Estado en el cual emerge una nueva oleada de la ultraderecha que encontraría como representantes a figuras que van desde Donald Trump en EEUU a Santiago Abascal en España, pasando por Bolsonaro en Brasil, Le Pen y Zemmour en Francia, Salvini y Meloni en Italia, Viktor Orbán en Hungría o Silvia Orriols en Catalunya.
En estos momentos, la Eurozona se mueve entre el estancamiento y la sombra de la recesión. La Comisión Europea, gobernada por el Partido Popular Europeo de Von der Leyen, está demandando ajustes presupuestarios y ciertas reformas estructurales, además de una clara reorientación militarista a nivel presupuestario en detrimento de las políticas sociales y ecológicas. Como sostiene José Castillo[3], si bien durante la crisis pandémica la UE promovió la implementación del paquete de ayudas Next Generation en un contexto de políticas monetarias expansivas, en los próximos años, el acercamiento a la ultraderecha va a ser más útil para legitimar las grandes políticas comunitarias, que se van a fundamentar en aumentar el gasto público, sí, pero el gasto público dirigido a modernizar la industria de la guerra y a la aplicación de políticas de austeridad para equilibrar presupuestos. Concretamente, los populares europeos están buscando dar acomodo a los Conservadores y Reformistas presididos por Meloni, asumiendo algunas de sus propuestas programáticas como el mayor control de la inmigración y la militarización y externalización de fronteras a cambio de una mayor lealtad a la UE por su parte.
En un contexto marcado por el recrudecimiento de la ofensiva capitalista contra la clase trabajadora europea, el resquebrajamiento de lo que en su día se llamó sociedad de clases medias, las crecientes tensiones geopolíticas, y la falta de certezas y el miedo al futuro de amplias capas de la población, la ultraderecha ha encontrado un caldo de cultivo idóneo para transformar la inseguridad económica en inseguridad cultural y así poder dirigir su discurso de odio contra quienes esta considera los culpables de los males que asolan a la nación amenazada, ya se trate de los inmigrantes, los comunistas —que, dicho sea de paso, para la ultraderecha sería todo aquello que existe a la izquierda del liberalismo progresista, incluido también en esta etiqueta—, las feministas, el colectivo LGTBIQ+, etc. Sin embargo, en última instancia ello acaba repercutiendo en una derechización social generalizada, en un auge reaccionario en el plano cultural que excede a los partidos de ultraderecha y que “contamina” a todas las fuerzas políticas burguesas, siendo los primeros en esta avanzadilla los conservadores tradicionales. Ya estamos observando esas líneas de fractura: piénsese en el acercamiento del PP a Vox, de parte de la CDU a AfD, de los Republicanos Franceses a la Reagrupación Nacional o de Junts a Aliança Catalana.
Poco a poco, las fuerzas de ultraderecha se van mostrando a los ojos de la oligarquía, por así decirlo, como el último jugador de la partida capaz de poner orden en el caos político que asola las democracias capitalistas, el único capaz de gozar de la legitimidad para introducir las reformas autoritarias necesarias para sostener los imperativos de la acumulación. Pues como sostenía allá por los años treinta Rajani Palme Dutt[4], secretario del Partido Comunista de Gran Bretaña, los fascistas nunca tomaron el poder, sino que fueron invitados al poder por la burguesía y los aparatos de Estado: solo hace falta recordar a Víctor Manuel III y a Hindenburg cediendo el poder respectivamente a Hitler y Mussolini.
[1] Bihr, Alain (1999) L’actualité d’un archaïsme. La pensée d’extrême droite et la crise de la modernité. Page Deux: Laussane. Disponible en: https://garap.org/pdf/bibliotheque/alain-bihr-Actualite_un_archaisme_P2.pdf
[2] Trotsky, León (1932). ¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán. Disponible en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1932/enero/25.htm
[3] Castillo, José (3 de junio de 2024). El juego es cada vez más aburrido: la mimetización entre la izquierda y derecha institucional. En La política como negocio, Arteka. Disponible en: https://gedar.eus/es/arteka/jokoa-gero-eta-aspergarriagoa-da-ezkerreko-e…
[4] Palme Dutt, Rajani (2022). Fascism and Social Revolution. A Study of the Economics and Politics of the Extreme Stages of Capitalism in Decay. Maryland: Wildside Press. Edición original de 1935, p. 101
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