
por Raúl Ortiz Patiño
Es una historieta neoliberal de un gobernante incompetente, sin partido político, ideología, equipo técnico, conocimiento del manejo de la gestión pública y moral. Él no vino a gobernar un Estado. Vino a realizar pingües negocios a costa del Estado.
La vanidad, codicia y odio, amamantados desde su cuna de oro empresarial, son sus distintivos particulares y los ejerce con autoritarismo ante todo y contra todos. No se siente presidente sino rey y al país lo ve como su reino al que hay que saquear a su antojo. A los habitantes los trata como sus vasallos, rodeado de una corte al puro estilo de la decadente Roma en tiempos de Calígula o Nerón. Corte con poses de los Borbones en sus peores momentos. Ministros soberbios que actúan como huasicamas, añorando los látigos y otros cual fantasmas de la avaricia más cruentos que los retratados por Dickens en su maravilloso relato «Cuento de Navidad».
Para él, reyezuelo de ego trumpiano, no hay país. En su imaginario solo cabe la imagen de una gran hacienda bananera a la que hay que explotar hasta reventar, incluyendo a sus habitantes.
No le interesa la gente. Tampoco la cultura de un país que cuenta con catorce nacionalidades y pueblos montubios y afroecuatorianos vigorosos. Menos le preocupa el medio ambiente, salvo para talar manglares con propósitos empresariales. Él es producto y usuario acérrimo de la «cultura Disney». Por eso va a pasear a Miami, su tierra natal, cada vez que quiere, así el país esté sumido en apagones, violencia criminal, corrupción, narcotráfico escandaloso y desastres ambientales como el que afecta ahora a Esmeraldas. Se trata de un derrame petrolero que duró más de una hora y podría haber expulsado de 25 a 30 mil barriles de petróleo crudo según expertos, afectando más de 500 mil habitantes de 3 cantones, contaminando 5 ríos de los cuales 2 han sido declarados «muertos» por expertos ambientales. Y ya han pasado 6 días y el gobierno no informa la verdad de las causas e impactos del derrame, no atiende a la población desamparada. Con indolencia envía «agua potable» en tanqueros que transportan combustibles. Culpa a los alcaldes del desastre y sin embargo les adeuda varios meses sus remesas.
No tiene Dios ni ley. Él es la ley, el Estado, el supremo juez, el máximo árbitro electoral, el perseguidor más acérrimo de todo lo que huela a oposición política, e inclusive a quienes contravengan sus caprichos. Y las mujeres rebeldes son la fijación que excita al máximo su espíritu vengativo. Tanto, que él mismo se calificó de «pésimo enemigo». Su ex esposa, Gabriela Goldbaum, a quien le sigue más de 20 juicios; la Vicepresidenta, Verónica Abad, a la que considera una piedra en su zapato imperial; una ex ministra que contradijo sus deseos; y una periodista (Alondra) que ironizó su conducta, son algunos de los ejemplos de su amoral misógina medieval.
No tiene valores éticos. Todo lo cotiza en bolsa, mercados, paraísos fiscales y ganancias ilegales y tramposas. Su padre, el magnate bananero Álvaro Noboa, debe al Estado USD 93 millones y no paga. Su hermano, Santiago Noboa, está involucrado en la comercialización ilícita de combustibles subsidiados que vendía a precio industrial (Caso PetroNoboa). Así vendió 4 millones de galones el año pasado, cuando el cupo asignado era apenas de 90 mil galones anuales, embolsándose millones de dólares. Y su tía, la inefable magnate Isabel Noboa, accionista de una empresa seleccionada a dedo, para proveer desayuno escolar a escuelas y servicio de alimentación de la cárcel del litoral, también hace su agosto financiero ilegal. Además, la misma tía «con aires de condesa» (canción de Leonardo Favio) también es accionista de otra empresa leonina que pretendió hace días concesionar (una forma de privatizar) el Campo Sacha, el más productivo de petróleo del país, con una distribución de ganancias de USD 86.5 para la concesionaria y solo USD 12.5 para el Estado. Negocio que se les cayó por la oportuna denuncia y presión popular.
El oscuro aprendiz de Hitler, gobierna a punta de Decretos Presidenciales; van más de 500 en un año y pico de mandato. No respeta la Constitución y las leyes. Se guía por un instinto primitivo mercantil y todo lo resuelve dando órdenes imponentes y grotescas como un señorón dando puntapiés a los «niños de castigo», igual que lo hacían los señores feudales. Aniquila a quien se le opone como pulpo monopólico sediento de dinero y poder. Los alcaldes de las dos ciudades más grandes de Ecuador; Aquiles Álvarez de Guayaquil y Pabel Muñoz, son sus víctimas de turno.
Sin embargo, el «dictador» con pujos de soberano, olvida algo muy importante. El pueblo está despierto y ya no está dispuesto a decirle que el traje del rey está bonito, pese a que camine desnudo de moral social.
Aun así, él cree que será reelegido rey de su comarca pero ignora que el pueblo ya despertó y no lo tolera más. En varías provincias que visita esperando aplausos, un coro de frenética esperanza le grita: ¡Fuera, Noboa, fuera!
Se irá del palacio sin pena ni gloria. Por la puerta de atrás. Por donde salieron desaforados y destituidos por el pueblo insurrecto, Abdalá Bucaram (1997), Jamil Mahuad (2000) y Lucio Gutiérrez (2005).
Su nombre pasará a la historia como una oscura mancha y será olvidado, porque la esperanza siempre vence, y es eterna.